Vivian I. Neptune Rivera y los desafíos de la evidencia electrónica

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Por Mario Alegre Barrios
Director Interino
Oficina de Mercadeo, Desarrollo y Comunicaciones
Recinto de Río Piedras-UPR

ANTES DE LAS leyes, fue la palabra. Antes de las leyes, fue la escritura. Antes de las leyes fue la familia, el barrio. Antes de las leyes, fue el sentido de justicia, de comunidad, de solidaridad. Antes de las leyes, fue –y sigue siendo– la apuesta a la utopía.

De eso y más ha estado poblado el cauce de vida recorrido por la licenciada Vivian I. Neptune Rivera -Decana de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras- quien este viernes 26 de enero presenta su libro “La Evidencia Electrónica: Autenticación y Admisibilidad”, en una actividad programada para comenzar a las 6 p.m. en el Aula Magna de esta célebre Escuela. La presentación estará a cargo del exjuez Luis Rivera Román –presidente del Comité Asesor Permanente de las Reglas de Evidencia– y de la escritora Mayra Santos Febres, con la licenciada Verónica Vélez Acevedo como moderadora.

Fruto de una familia matriarcal, con una abuela y una bisabuela de carácter que llevaban el timón del clan, Vivian recuerda su infancia en su natal Fajardo con un suspiro de feliz nostalgia, mientras atrapa al vuelo pinceladas de aquellos días en los que la casa de doña Clotilde Rivera –su bisabuela paterna– parecía ser el epicentro de toda la actividad que se generaba en el pueblo.

–Soy “caridura”, a mucha honra –asevera con vehemencia– y tuve una niñez muy de pueblo pequeño donde todo el que iba a hacer una diligencia en los alrededores terminaba en casa de mi bisabuela. Por eso crecí con esa noción de familia extendida que se da en comunidades así. Mi bisabuela vivía en los altos de su restaurante, llamado La Fonda al que iban a almorzar todos los que trabajaban cerca.

La Fonda cerró poco después del nacimiento de Vivian, no sin antes haber servido de sostén a su numerosa familia y de financiar los estudios en Medicina de Reginald Neptune –esposo de Millie Rivera y padre de Vivian y de su hermana Denisse– un médico muy querido y respetado en el pueblo. Cuando La Fonda desapareció, se acabaron los desayunos y los almuerzos, pero no la costumbre de parar en la casa de la bisabuela Clotilde.

–Mi padre se hizo médico “a pulmón”, con el apoyo del trabajo familiar en una cocina, con la comida que nos une como metáfora de ese Puerto Rico pobre que echa siempre hacia adelante –recuerda Vivian–. Mi bisabuela les servía la mixta a los trabajadores de la caña. A veces ellos no tenían para pagar la carne y ella se las escondía debajo del arroz y las habichuelas. “Esa es la sorpresita”, les decía. Cuando yo nací, el restaurante ya estaba por desaparecer, pero esas historias me las hacía mi mamá, que nació en Santurce pero se mudó a Fajardo.

Antes de ser abogada, aquella niña que Vivian fue tuvo la ilusión de ser “beautician”. Bertina Rivera, una de sus tantas tías, tenía un salón de belleza y a Vivian le encantaba jugar con todo lo que ahí tenía. Tanta era su pasión por este oficio, que su padre comenzó a imaginar el momento en el que tuviera que ayudarla a montar su propio salón.

–Lo de ser abogada ni remotamente lo había considerado en aquellos años de escuela elemental e intermedia… a esa edad una no sabe realmente qué es lo que quiere estudiar –comenta Vivian con esa incansable vocación de conversadora que la distingue–. Poco a poco, con la ayuda de la familia y de algunos profesores, se van reconociendo talentos y se desarrollan ciertas destrezas. Yo comencé a descubrir que era buena con la palabra… me encantaba leer y escribir, la declamación y la oratoria. Estudié en la escuela pública, en Fajardo, en la Antonio Valero de Bernabé y en la Santiago Calzada, con unas maestras excelentes que nos inculcaron ese amor, organizado certámenes de ensayo, de poesía y de oratoria.

“En la brecha”, poema de José de Diego, fue la pieza que Vivian eligió para declamar la primera vez que participó en uno de esos concursos. Trece años tenía la adolescente y fue la primera estudiante de séptimo grado en obtener el máximo galardón. La experiencia fue también una revelación: descubrió en el proceso su enamoramiento apasionado e incandescente por la palabra escrita, por la poesía, por contar.

–Nunca dejaré de agradecer a las profesoras Escobar, Betances y Marina Rivera el estímulo para que abrazara las letras –asevera Vivian con una sonrisa radiante–. Ellas fueron una inspiración enorme, de la misma manera como ocurrió con mis primeras lecturas, entre ellas “La casa de los espíritus”, de Isabel Allende, y “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. El libro de Allende me lo pasó mi hermana y la experiencia fue transformadora. Me hechizó ese mundo mágico de la literatura latinoamericana.

–¿Y cómo llegó el derecho, el mundo de las leyes?

–Al terminar la escuela superior, ya me había olvidado de mis sueños de ser “beutician” –afirma con una sonrisa–. Muchas de mis amigas decidieron irse para Mayagüez, al recinto de la UPR de allá, a estudiar ingeniería. Eso era como una tradición, quizá para irse lo más lejos posible del pueblo… esa era la broma, pero lo cierto es que hay toda una generación de ingenieros de Fajardo graduados en Mayagüez. Al ver eso, dije en mi casa que yo también lo haría, sin saber para nada lo que era la ingeniería.

Wito Torres, hermano de su abuela, le preguntó a Vivian qué iba a estudiar. La joven estaba todavía en undécimo grado… cuando ella le dijo que ingeniería, él se sorprendió y le dijo que no, que la veía en otro ambiente, utilizando la palabra.

–“Te veo como abogada”, me dijo. Tengo una madrina, Clara Robles Calderón, que fue una de las primeras abogadas mujeres en Fajardo –comenta–. Wito me la puso como ejemplo. Me dijo que fuera con ella los fines de semana para que viera lo que hacía… y ahí, con ella, fue que me decidí a estudiar leyes. Solicité en la IUPI para Ciencias Políticas, Literatura y Humanidades. Había sacado un College Board buenísimo y me dijeron que estudiara otra cosa, pero no, me mantuve en mi sueño de ser abogada. Mi padre y mi madre son egresados de la IUPI y eso fue lo que quise ser yo también. De Ciencias Sociales, fui a Economía, donde me encontré con Gerardo Jirau, quien hace 23 años habría de convertirse en mi esposo, y luego Derecho. Me decían que no iba a entrar, porque estaba lleno, porque esos lugares tenían ya nombre y apellido, porque querían que me quedara en Economía, pero perseveré y estudié Derecho, porque sentí que era como abogada como podría aportar más a mi país.

Vivian señala que, si mira hacia atrás, se da cuenta de que jamás pensó estar donde está ahora, como duodécima Decana de la cimera Escuela de Derecho de la IUPI, luego de –como estudiante– ejercer en el Instituto de Derechos Civiles, en Santa Rita, atendiendo casos de inmigrantes, violencia contra la mujer y maltrato infantil, para luego ser oficial jurídico con jueces como Federico Hernández Denton y Germán Brau. Fue este último -reconoce- quien le abrió la puerta al mundo de los oficiales jurídicos, profesionales que son “la mano derecha” de los jueces.

–Lo del Instituto de Derechos Civiles me marcó, por la naturaleza del trabajo social que ahí tuve la oportunidad de realizar, mientras que mi proceso como oficial jurídico me permitió estar en una de las áreas formativas más fabulosas, porque permite ver cómo se adjudica la justicia. Antes, llegar ahí era muy difícil y no tan democrático como ahora. Con mi equipo de trabajo diseñamos un curso de práctica en los tribunales para que los jóvenes se expongan a esa experiencia y conozcan a los jueces.

​​La enseñanza

Vivian supo ser la “maestra” de sus primos más pequeños en aquellos días de infancia fajardeña en los que el tiempo apenas parecía transcurrir. Las paredes de madera de la casa de su bisabuela fueron su pizarra para “contar” las matemáticas y las ciencias… y también para hacer poesía.

–Sin embargo, como abogada, siempre me visualicé en la práctica a tiempo completo –apunta–. Me fui a Columbia University a hacer mi maestría en Derecho, a pesar de que me dijeron que no me iban a aceptar, Pero fui, me aceptaron y terminé mi maestría.

A su regreso de Nueva York, Vivian comenzó a trabajar como abogada a tiempo completo en el bufete Fiedler, González y Rodríguez, en la división laboral. Ahí fomentó la realización de seminarios y, cuando la felicitaban por su facilidad para transmitir conocimientos, recordaba sus días con la tiza en mano mientras –ante la mirada atenta de sus pequeños primos– llenaba de letras y números los tablones de aquella casa que hoy ya no existe.

Con el tiempo surgió la posibilidad de sustituir en una sabática en la Escuela de Derecho al profesor Demetrio Fernández –una eminencia en el área del derecho laboral– y Vivian comenzó a vivir el acendrado placer de la vida universitaria desde la cátedra. Durante un semestre, todos los lunes y jueves de 1 a 3 p.m., se olvidaba del bufete para dedicarse en cuerpo y alma a los estudiantes.

–Cuando nombraron a Efrén Rivera Ramos como decano, lo felicité y me puse a sus órdenes –recuerda Vivian–. Luego de eso me llamó para ofrecerme esa oportunidad que no dude en tomar, a pesar de tener ya a mis dos hijos, Gabriel y Ricardo, y trabajar a tiempo completo en el bufete. Lo disfruté tanto y fue transformador. Al final del curso los estudiantes me aplaudieron… eso valió un mundo para mí. Lo repetí un semestre más… no supe cómo pero lo hice. Luego publicaron tres plazas para la Escuela y solicité. Igual me dijeron que no, que iba a ganar mucho menos de lo que ganaba en el bufete, que no lo hiciera. Eso fue aquí mismo, en esta oficina, en el 2006. Fue cerrar un ciclo muy hermoso en mi vida, en el que me gradué, me casé y tuve a mis dos hijos, entre libros y casos. Fue también iniciar otro capítulo, muy hermoso también, en esta universidad. La transición a la academia fue el paraíso… esa primera semana iba como levitando por el campus, por las escuelas, entre estudiantes y colegas. Fue fabulosa esa llegada y estar aquí a tiempo completo.

Hace un breve silencio, suspira y continúa.

–Si yo me hubiera dejado llevar por todos los “no”, por todos los “no lo intentes”, “es imposible”, “no se puede”, no estaría aquí –asevera –. Soy una mujer negra, joven, de escuela pública, de Fajardo. Me decían “¿que tú vas a hacer en un bufete en Hato Rey?”, “¿qué tú vas a hacer como profesora en la IUPI?”, pues lo que he hecho, demostrar que se puede, que ser negra, mujer y de un pueblo como Fajardo solo significa que hay que ser mejor que el mejor. Hay personas que ellas mismas, por su raza o por su género, ni lo intentan. Si no nos atrevemos, nunca vamos a romper las barreras. Por eso los negros y las mujeres y los jóvenes debemos atrevernos a tocar esas puertas, pero con preparación, con la mejor de todas.

El libro

Todo comenzó cuando el Juez Presidente Hernández Denton llamó a Vivian para que formara parte del Comité Asesor Permanente en las Reglas de Evidencia, integrado por diez hombres y dos mujeres, y le pidieron que, por ser la más joven, se ocupara de los vínculos entre el mundo del derecho y el de la tecnología.

Eso fue en el 2006… fue una gran escuela y está muy agradecida por esa experiencia. Profundizó en el tema y buscó en otras jurisdicciones. Se rindió un informe inmenso muy completo y luego se empezaron a dar seminarios sobre los cambios en esas reglas relacionadas con los procedimientos que se siguen con las pruebas que se generan en dispositivos electrónicos como los teléfonos inteligentes y las computadoras.

–Es tan manipulable este tipo de evidencia –comenta–. El tema del derecho a la intimidad se ha transformado con todo esto de las redes sociales. Varios jueces me comenzaron a preguntar por el libro con el material que se daba en los seminarios de capacitación y ahí nació la idea de convertir ese material en libro. Me dio mucha satisfacción relacionarme con toda la jurisprudencia sobre el tema y en el libro lo que hago es resumir el concepto de evidencia electrónica y la manera como permea en toda nuestra vida. El tema de privacidad e intimidad no lo toco aquí. Este libro plantea un acercamiento general al tema de la autenticación y admisibilidad de la evidencia electrónica, algo de una incuestionable pertinencia, no solo para los abogados y estudiantes, sino también para todos los que tienen un teléfono inteligente o una computadora.

–Cuando intenta imaginar el futuro, ¿qué ve?

–Veo cambios dramáticos y trascendentales, pero también esperanza, confianza en que en esta universidad estamos formando personas con una gran conciencia social, con rigurosidad de análisis. Les estamos dando las herramientas, no solo lo teórico y sustantivo, sino también el contexto social para que ellos, a su vez, sean agentes de cambio.

– ¿Es optimista?

–Lo soy…

–¿Cree en la utopía?

Ríe…

–Creo en la realidad que es posible, de la misma manera como ha sido posible mi vida: desafiando los pronósticos de los demás. Y en la medida en que nosotros como profesores y miembros de esta comunidad académica sigamos con nuestro norte de dar esas herramientas a esos estudiantes, ellos van tomar ese batón y hacer la diferencia… por eso soy optimista, porque confío en la labor que hacemos en este recinto y en la calidad humana de lo que producimos.

Nos despedimos entre la mirada inmóvil de Piero de la Francesca –el pintor del renacimiento italiano inmortalizado en un óleo del mexicano Rafael Coronel– y el paisaje urbano que se extiende al norte de la Avenida Piñeiro de esta isla nuestra en la que navegamos –como Vivian– desafiando los pronósticos derrotistas.

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