“El trabajo no mata”, asevera el centenario don Luis Rivera Delgado

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Por Mario Alegre-Barrios
Director Interino de Comunicaciones UPR-RP

SIEMPRE QUISO SER CARPINTERO. Desde niño. Por la religión, dice, por seguir los pasos de José, el esposo de María, la virgen, la madre de Jesús. Así lo asegura don Luis Rivera Delgado, quien a los 101 años podría ser el último sobreviviente de quienes -entre 1937 y 1939- trabajaron en la construcción de la emblemática Torre del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

Conversamos hace algunas semanas, un sábado por la tarde, en la casa que él mismo construyó en la década del cincuenta del siglo pasado, a la vera de la carretera número 1. Nos acompañan algunos de los cinco hijos que tuvo con doña Angelina, quien fue su esposa durante 65 años: Luis Manuel, María de los Ángeles, Margarita, Carmen Milagros y Gladys. Y también la profesora Leticia Fernández, decana interina de Asuntos Académicos de la IUPI, quien fue el contacto para esta visita.

Don Luis recuerda que fue un hombre llamado Toño Laguna quien, al darse cuenta de que él era un carpintero competente, no dudó un momento en ofrecerle trabajo, que así es como suele suceder cuando destreza y pasión se alinean detrás de un oficio. En aquellos días del siglo pasado, la década de los 40 acababa de comenzar, la Torre del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico había sido inaugurada apenas un par de años antes y aún requería algunos trabajos en su interior.

don luis

Don Luis Rivera Delgado

Hasta donde le alcanza la memoria, don Luis -quien nació el 21 de enero de 1917-  recuerda que aprendió el oficio de un hombre llamado Víctor quien, además de construir ataúdes, era el padre de Virginia, la primera de una larga lista de amores que tuvo su final unos años después, cuando conoció a Angelina, con quien estuvo casado durante seis décadas y media, hasta el 2008, cuando ella murió.

-Esa Virginia era linda en verdad -dice don Luis con una sonrisa en la que la picardía se mezcla con la nostalgia, mientras rescata de esa memoria ya porosa algunos de esos recuerdos que nunca se borran completamente-. Nací en Caguas… de niño siempre estuve metido en problemas… muchos julepes. En la escuela había un muchacho que me molestaba mucho y yo era de pelear. Un día estuvo molestando tanto, que cogí un lápiz, le saque la punta bien finita y se le mande por la espalda… empezó a gritar. Nunca me volvió a molestar. Tenía como 8 ó 9 años.

Y después de Virginia llegó Elena. “Un clavo saca otro clavo”, asevera.

-Elena era bella como una flor -dice don Luis con un brillo fugaz en la mirada-. Ella se enamoró de mí y yo de ella. Teníamos unos 14 años. Ella pasaba por mi casa, veía a mi papá y le gritaba “¡suegro!, su hijo es mi novio y yo me voy a casar con él!”. Poco después Toño Laguna me vio y me dijo “oye Luis, tú tienes habilidad para la carpintería” y me llevó a trabajar con él en la Universidad de Puerto Rico, cuando estaban construyendo la Torre. Yo ya tenía poco más de veinte años. Trabajé en la estructura de una escalera de caracol y también puse muchas losetas. Estuve en la Universidad como tres años. Cuando me fui, puse mi propio taller de carpintería.

Con ese taller sacó adelante a todos sus hijos y lo trabajó hasta los otros días, cuando el huracán María lo destruyó.

-En ese taller estaba toda mi vida -dice con un suspiro-. Ahí, entre las ruinas, todavía quedan herramientas. Trabajaba todos los días, hasta que llegó el huracán.

-Y después de tantas novias, ¿cuándo llegó la madre de sus hijos?

Sonríe en silencio. La mirada se va tras el recuerdo. Unos segundos después regresa.

-Angelina… -dice casi con reverencia-. Angelina era muy católica y todas las mañanas se levantaba muy temprano a tocar la campana de la iglesia, en Cataño. Yo ya tenía como 18 ó 19 años y vivía una callecita más abajo. A veces ella venía a mi casa y nos sentábamos a conversar. Un día mi tía Nélida me dijo, “mira Luis, ¿por qué no te casas con Angelina?”. Y fuimos novios. Ibamos en una guagua cuando me dijo que se iba a ir Estados Unidos, para ser monja. “Hasta aquí llegamos con lo del noviazgo”, le dije. “¿Terminamos entonces?”, me pregunto ella. “¡No!, nos vamos a casar”, le respondí.

Aunque Angelina le aseguró que su padre estaba firme en mandarla a Estados Unidos, Luis decidió ir de inmediato a pedir su mano.

-Cuando llegué, el papá estaba cortando las ramas de un árbol. Me miró un momento, sin decirme nada y siguió con lo que estaba haciendo. “Mire, yo quiero decirle una cosa”, le dije. “Me voy a casar con su hija”. Y él, callado. Me molesté bastante y le dije “¡señor, contésteme!”. Entonces me miro y me dijo “¿usted cree que yo soy pen%#!&?”. “No señor y yo tampoco lo soy”, le aseguré. “Lo que yo quiero es que me conteste, sí o no… eso es todo”.

Al final Luis obtuvo la respuesta que deseaba y corrió a ver a Angelina. El recuerdo permanece intacto.

-Ya era de noche y estábamos sentados en el balcón -dice en un murmullo-. La luna estaba bien linda y Angelina y yo nos quedamos un rato mirándola. Le dije “yo te he ofrecido muchas cosas… y ahora te digo yo que te voy a llevar a la luna, de verdad que lo voy a hacer”. Y seguimos así, muy juntos, tomados de la mano y mirando la luna. Angelina era muy bonita… era modista. Le dije que en cuanto consiguiera una casa nos casábamos y entonces una prima nos ofreció un cuarto en Hato Rey, allá por Quintana. Y nos casamos. Eso fue en 1943, Angelina tenía 23 años y yo 28. Ella cosía vestidos para novias y yo, carpintero, como San José. Duramos casados 65 años, hasta el 2008, cuando murió… pero yo siento que sigo casado con ella.

-Carmen y yo nacimos 8 años después de que papi y mami ya habían cerrado la fábrica -interviene Gladys-. Son los tres mayores, un espacio y luego llegamos nosotras cuando ya los nuestros hermanos eran adolescentes, un “¡ups!”… bueno, dos.

Don Luis, -quien nunca pensó ser centenario y pasar el umbral de siglo viviendo de manera bastante independiente- va a la cocina y nos prepara café. Luego regresa a la sala, pone un disco de Los Panchos en una vieja vitrola y baila un bolero con la profesora Fernández.

-¿Cuál es el secreto de su longevidad, don Luis… cuál es la fórmula?

-Trabajar -dice sin dudarlo un instante-. El trabajo no mata. Hace como veinte años tuve cáncer en el bazo… me lo sacaron y aquí sigo, trabajando todos los días. Soy una persona feliz. Yo no tengo enemigos y tampoco le tengo miedo a nadie.

Desde que dejó de trabajar en la IUPI, don Luis no había vuelto al recinto, sino hasta hace poco, para hacer las fotografías que acompañan esta entrevista.

-¿Que ilusión tiene?

-¿La verdad? estar aquí, en mi casa, en esta casa que hice yo -asevera con una paz inmensa-. Me ilusiona mucho seguir aquí. Esta casa la hice después del huracán Santa Clara, que fue en agosto de 1956.

Nos despedimos con un abrazo. “No es para siempre, nos volveremos a reunir para conversar”, asevera este hombre que siempre quiso ser carpintero,  desde niño, por seguir los pasos de José, el esposo de María, la virgen. “No, no es para siempre, don Luis. Hasta pronto”, le digo. Algún día, pienso.

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