Aracelia Batista, motor inagotable de la Oficina del Registrador

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Por Norihelys Ramos Rodríguez

Este reportaje es el tercero en una serie que conmemora el centenario de la Oficina del Registrador.

Eran las ocho de la mañana y la puerta de su oficina estaba cerrada. Los empleados del Registrador recién ponchaban la hora de entrada y se acomodaban en sus respectivos espacios para iniciar las labores del día. Pero entre ellos no se observaba la cabellera plateada siempre trenzada de Aracelia Batista O’Farril. A simple vista, parecería que la registradora asociada aún se encontraba de camino al Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR-RP). Pero en realidad, llevaba varias horas de trabajo.

Minutos más tarde, entró en la oficina victoriosa con un papel en la mano. Venía de la bóveda, lugar donde se guardan los archivos de todos los gallitos y jerezanas que han pasado por el recinto. Desde las seis de la mañana intentaba resolver una encomienda: rastrear con tan solo el nombre y los dos apellidos el expediente de un estudiante. La misión no fue fácil, pero los 51 años de servicio en la Oficina del Registrador le permitieron hallar con rapidez la información solicitada. Así comenzaba otro día ocupado en la vida de la registradora asociada.

Como de costumbre, había llegado a la UPR-RP en el servicio de transportación pública. De lunes a viernes, Aracelia se monta en las guaguas de Carolina para llegar antes de las seis de la mañana a la avenida José Celso Barbosa. Desde ahí camina con paso firme y mucha seguridad hasta llegar a Plaza Universitaria, donde ubica la oficina a la que ha dedicado su vida.

“Yo tengo quien me cuide. Aunque no lo creas, son años pasando por ahí y la calle de Diego está llena de actividad. Por la mañana es un amor, es más fresco, los comerciantes están montando sus verduritas”, respondió confiada ante la interrogante de lo peligroso que puede ser caminar tan temprano por las calles de Río Piedras.

Sin embargo, para la registradora asociada su caminar es como viajar en el tiempo. En sus memorias tiene muy claro cómo el Paseo de Diego, la Plaza del Mercado y el Recinto eran espacios diferentes. Río Piedras, como municipio, era un centro comercial y la UPR-RP era un centro de encuentro. Las épocas y hasta las formas de divertirse han cambiado. Para ella, en sus tiempos de juventud simplemente bastaba con tomar aire fresco o interactuar con otros en el campus.

“Todo se fue perdiendo, es como el desgaste que vas notando poco a poco…Yo siempre digo que, cuando le quitan el municipio y lo incorporan a San Juan, esa fue la sentencia de muerte para Río Piedras”, aseguró Batista, quien aclara que gracias a Dios el sentido de comunidad no se ha perdido. “¡Y mira que Río Piedras ha perdido!”.

Al nacer en la década del 30, Aracelia creció entre transformaciones sociales, políticas y económicas. Vivió en carne propia la miseria y pobreza del jíbaro puertorriqueño, pero también el progreso y la industrialización del país. Las experiencias vividas en esas décadas influyeron en su carrera profesional y la inspiraron a ser persistente, atenta y servicial. Estos rasgos han sido claves desde que comenzó su labor en la Oficina del Registrador como oficial de evaluaciones en el 1964. Desde aquella época ya le inculcaba a sus compañeros que la función principal era simplemente escuchar al estudiante.

“Solo les pido que oigan al estudiante, pues algunos se encuentran con escollos y tienen que vencerlos… Uno se siente muy bien cuando ha podido poner un poquito de su piedrita para ayudarlos”, explicó esta mujer de 83 años, confesando que son los estudiantes quienes le dan vida.

Sentada en su oficina y arropada por cientos de papeles, aclara que el contacto con la gente y las relaciones interpersonales nunca serán reemplazadas por los avances tecnológicos. Ese tacto humano, que tanto distinguió a doña Fela, es el que deben ejercer siempre los empleados de la UPR-RP, afirmó.

Preparada para el retiro, pero no para sentarse en un sillón

Reconociendo que en algún momento debe pasar el batón, aclaró que todavía su cuerpo responde como cuando tenía menos edad. Por eso espera tener las fuerzas para continuar en el trabajo que le apasiona. Sin embargo, cuando ya no pueda más, “olvídate que yo me quito y que lo haga otro, hay que reconocerse”, dijo con humor.

Con planes en mente para el retiro, sabe que la frase “no daré un tajo más” es el antónimo de su filosofía de vida. Según contó, Aracelia seguirá muy activa: ayudará como voluntaria en proyectos comunitarios, compartirá con su familia y leerá sus novelas favoritas de misterio y detectives. De alguna manera, seguirá contribuyendo a la sociedad que le ha dado tanto y trabajará para continuar combatiendo las injusticias. Así será completamente feliz.

Pero mientras el retiro no visite la puerta de su oficina, “hay mucho por hacer”, señaló. “A seguir trabajando porque sino me autodestruyo”.

Aracelia Batista O’Farril nació en 1932 en terrenos que antes pertenecían al Hospital Auxilio Mutuo. pero que hoy son parte del Recinto de Río Piedras; cerca del área donde ubica la Biblioteca Lázaro. Creció a la par con la universidad del país, que atesora, donde estudió y ha laborado por 51 años.

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