Reconocido historiador comenta sobre el fin de la filosofía

Fernando Picó

Por: Dr. Fernando Picó para Diálogo UPR

Fernando Picó
Fernando Picó. Foto suministrada Diálogo.

Llegó el tiempo en que por recortes presupuestarios y análisis de mercado los que llevaban los asuntos del país eliminaron los programas y cursos de Filosofía en las universidades, arguyendo que lo mismo se podía lograr con menos complicaciones y mayor flexibilidad con talleres de publicidad y relaciones públicas. Los egresados de estos talleres ciertamente tenían mayores oportunidades de empleo, en agencias endeudadas hasta la coronilla y megatiendas deseosas de mayores ganancias, por lo cual no fue difícil convencer al público que toda la filosofía que se necesitase se podía obtener en la red y que ya era tiempo de liberarnos de Platón y Aristóteles, que después de todo llevaban más de veinticuatro siglos muertos y sus obras estaban ampliamente rebasadas por las reflexiones de analistas de radio y predicadores de fin de semana.

En cuanto a los filósofos que no emigraron, se les concedió generosas jubilaciones y alguna que otra medalla, quizás más con el deseo de que se dedicaran calladamente a cultivar zanahorias que con el afán de reconocerlos.

Así las cosas una inusitada prosperidad arropó al País. Por una de esas contingencias que los economistas no están adiestrados a reconocer, se volvió una afición desordenada en el Atlántico Norte venir a correr caballo por la cordillera central y a beber jugo de parcha. Hubo que añadirle terminales a los aeropuertos y desarrollar una cadena de paradores alemanes entre Las Marías y Ciales. Suecos y noruegos invirtieron sus capitales en extensas fincas de parcha y en potreros para criar caballos de paso fino; la Reina de España y el Primer Ministro de Italia regularmente pasaban la tercera semana de junio corriendo a caballo por Morovis, y los neurólogos checos declararon el jugo de parcha la octava maravilla de la medicina. El dinero fluía en abundancia, pues tras los visitantes venían los especuladores, los aduladores, los faranduleros, los noveleros y los embaucadores. Orocovis tenía tres casinos de baccarat y el funicular de Jayuya a los Tres Picachos requería reservaciones de tres semanas por adelantado.

El Jugo de Parcha de Puerto Rico, marca registrada, se cotizaba en Istanbul y en Rangoon. Una cuerda de terreno en zona parchera valía un cuarto de millón de dólares, y en Adjuntas, en temporada alta, sólo se podía conseguir habitación a tres mil dólares la noche.

El País no sabía qué hacer con tanto dinero. El Banco de Fomento le prestaba a los estados más pobres del nordeste de Estados Unidos a tasas de interés samaritanas. En Santa Isabel se hizo un monumento al Caballo de Paso Fino, en cuya base había tres restaurantes y un gimnasio. Utuado, siempre sobrio, cedió a la tentación de construir un albergue para murciélagos.

En esas circunstancias ya nadie se recordaba que alguna vez se había enseñado Filosofía en el País.

Invito a los lectores a proveerle un final a este relato.