Paradojas raciales en Cuba y Puerto Rico

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Por Paola A. Guzmán Alejandro

La escritora cubana Zuleica Romay Guerra narró ante estudiantes, profesores y catedráticos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras (UPRRP), los dilemas raciales que aún existen en los países caribeños pero que son necesarios romper.

Romay Guerra comenzó la conferencia titulada Lecturas cubanas de Isabelo Zenón Cruz: Venturas y desventuras de la racialidad en Cuba y Puerto Rico enfatizando la conexión cultural que existe entre distintas regiones, a pesar de sus separaciones territoriales. Ese vínculo es lo que crea una similitud entre las costumbres puertorriqueñas y cubanas.

“A lo largo del tiempo, la acción de la especie humana, creadora y difusora de modos de producir, hablar, contar, cocinar y hacer música, pero también de nociones, teorías, representaciones sociales, sistemas de símbolos, sentimientos y emociones, confiere alas a la cultura y permite reproducir aquí y allá expresiones parecidas cuando la humana reiteración de condiciones, eventos y procesos origina acercamientos entre geografías físicamente distantes”, señaló la literata.

Debido a esto, cuando leía el libro Narciso descubre su trasero: el negro en la cultura puertorriqueña de Isabelo Zenón Cruz no se asombró al encontrar parecidos entre la forma en que Puerto Rico asume la racialidad y la manera en que se asume en Cuba. Según la invitada, el término racialidad lo acostumbra emplear para referirse “a las relaciones sociales racializadas”. A esas relaciones sociales les influye grandemente el color de la piel, las actitudes, percepciones y comportamientos.

Asimismo, Romay Guerra recordó las veces en que actuó de manera socialmente impropia y recibía comentarios acerca de su actitud. “Un comportamiento inadecuado me hacía merecer el reproche de algún pariente adulto. ‘Tenías que ser negra’, regaño que podía explicarse con una aclaración admonitoria ‘los negros si no la hacen en la entrada, la hacen en la salida”, aludió la cubana.

A esa memoria la añadió la comparación con la galleta Altea, el equivalente cubano a una galleta Oreo. Así como en Puerto Rico se utiliza a la Oreo para referirse a una persona negra por fuera pero blanca por dentro, en la Antilla Mayor utilizaban la Altea para hacer la misma connotación.

“Para entonces no había yo lidiado lo suficiente con las sutilezas raciales de la sociedad cubana y mi rudimentaria conciencia racial no captó las connotaciones segregacionistas del término”, destacó la expresidenta del Instituto Cubano del Libro.

Además, Romay Guerra enfatizó la importancia de que las mujeres estén comenzando a aceptarse y dejarse su pelo al natural, sin someterlo a tratamiento químicos para alisarlo. En Cuba la tendencia lleva ocurriendo en los años recientes y al llegar a Puerto Rico se sintió feliz de ver como las puertorriqueñas son parte del movimiento.

“Acierta Isabelo Zenón al plantear que nuestra hipersensibilidad ante matices epiteliales y texturas de pelo guarda estrecha relación con nuestra experiencia de esclavización, pero también con los grilletes mentales que aún arrastramos,” explicó la escritora.

Romay Guerra señaló que “realmente el racismo es un grupo de apropiaciones culturales muchas veces inestructurado de las que las personas no son conscientes hasta que no hay una confrontación con la realidad”.

La conferenciante cubana concluyó explicando que “en esa confrontación cultural que tú tienes con el que te quiere dominar, la mejor variante es ver como yo, en esa imagen, le atribuyo otro significado”.

La representatividad en la Revolución Cubana

La educadora recordó la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro para destacar que entre los combatientes no habían negros ni mestizos. Las fuerzas de la oposición eran limitadas a profesionales, universitarios, propietarios y personas privilegiadas.

“La mayor parte de los líderes negros y mestizos que se conocían en esa época antes del 1959 estaban fundamentalmente en los sindicatos porque había una política del Partido Socialista Popular que era muy minoritaria, bastante stalinista y tenía una especial preocupación por el tema de la representatividad”, explicó la conferenciante. Más aún, Romay Guerra destacó que Juan Almeida fue el único hombre negro que participó en el triunfo de la revolución.

A eso añadió que “a mediados de los 70, en un Congreso del Partido Comunista, se da un reclamo y una observación de que los órganos de dirección del país tenían que corresponderse con la composición por género, por colores de piel y por origen social de la población porque sino hubieran sido cúpulas de blancos ilustrados de clase media”.

Fotos por Héctor Suárez

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