Pedro Carrión: “¿Por qué vivir peor que otro si tenemos los mismos derechos?”

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Nota: Este escrito es una versión resumida de una entrevista en profundidad que formará parte de un libro que publicará el Programa del Estuario de la Bahía de San Juan sobre historias de vida en la “Ciudad de las Aguas”. Fue parte de los trabajos del curso “Retratos: la entrevista creativa y en profundidad” de la Maestría en Comunicación, a cargo del Dr. Mario E. Roche.

Por Joaquín Octavio González

Don Pedro Carrión cuenta con orgullo que llegó al mundo en la misma casa en la que todavía reside, y agrega que fue recibido por una comadrona. Durante sus cincuenta y tres años de vida, el quinto de los nueve de Doña Geca, se ha mantenido en el corazón de la comunidad de Juana Matos, en Cataño.

Oportunidades de irse no le han faltado, pero la conexión de Don Pedro con su entorno sobrepasa el arraigo, es una fuerza de la naturaleza.  Pertenece al humedal en el que nació, no a la inversa, y está resuelto a entregar cada uno de sus días para preservar la integridad del mismo.  Hoy día, coordina y dirige desde su casa uno de los proyectos ecológicos de mayor prestigio en Puerto Rico, El corredor del Yaguazo.

Con apenas un cuarto grado de escuela elemental, Don Pedro ha sido premiado internacionalmente por organizaciones ambientalistas, y ha tenido bajo su supervisión a miles de estudiantes, desde nivel escolar a doctoral.  Su tono de voz es fuerte, con un leve acento del campo, aunque es natural de una zona percibida actualmente como urbana. Sus manos lucen años de trabajo duro. En sus ojos se preservan el orgullo, la honradez y las ilusiones de otra época, del imaginario de un Puerto Rico anterior al Estado Libre Asociado.  Según la descripciones de Don Pedro, nacer en una comunidad tan humilde, le permitió un contacto con costumbres y experiencias propias de una generación anterior a la suya. Conversamos durante más de una hora sobre su relación con su espacio, y las transformaciones de las que ha sido testigo.

Todo era agua y basura”

Vivía en una casa humilde, sumamente sencilla, en madera, trepada en socos. Frente a la casa pasaba un cuerpo de agua, lo que le llamaban “la zanja”, por la que se recogían las aguas de la comunidad. Comenzabas en un área de la calle, que ya había sido rellenada por capachos de coco y basura, pero el restante de lo demás era en puentes de madera, que conectaban con otros puentecitos hacia los balcones, y hacia las escaleras de las casas. Todo era agua, literalmente, todo era agua y basura, porque la gente acostumbraba a tirar la basura como una manera de rellenar.

Los sábados, yo iba con mi papá por un área que se llamaba el Turpial, que conectaba con la playa, y buscábamos arena con latas de galleta. Tirábamos esa arena encima de los cocos, y como la arena absorbía el agua, pues entonces íbamos secando. No era un proceso instantáneo. Tirabas arena ahí, y ya a los dos días o tres días eso había agua de nuevo. Toda la parte de la casa estaba llena de agua. Todas las casas estaban en socos. Más pegado a la carretera era más seco, pues ya habían rellenado, pero según te ibas metiendo más adentro de la comunidad era más pantanoso.

No habían alcantarillados pa ese entonces. Cuando iban a trabajar con un pozo, con lo que le llamaban “las letrinas”, buscaban como un dron de metal, lo ponían ahí, y le hacían una caja en madera. Ahí hacían sus necesidades en ese dron para que no se saliera de esos envases, según la marea subía y baja. A lo mejor algunas estaban ahí sin eso, era algo típico.  Una de las cosas interesantes era que nosotros nos bañábamos en esas aguas (ríe). Ahora uno dice “cómo es posible que estas cosas sucedieran y tú te bañabas en esa agua”. Pues mira, cuando se inundaba el área, nosotros nos bañábamos en esas aguas y, hasta donde yo tengo conocimiento, yo creo que a mi nunca me dio ni dolor de oído. Estábamos como las ranas, inmunes a todo lo que hubiera allí.

“Una estela de mortandad”

Yo tenía ocho años y a mí me habían sacado de la escuela. Mientras los demás muchachos iban a la escuela y estudiaban, yo estaba trabajando: vendiendo el periódico, recogiendo botellas, limpiando patios… Cuando yo terminaba con todo ese revolú, ¿qué me quedaba?: meterme pa´l monte. Yo era uno que siempre me gustaron las ciencias, todo lo que fuera naturaleza, desde pequeño, a mí me llamaba la atención.  Desde pequeño ese era mi norte: todo lo que se moviera, la naturaleza. Tal vez porque no tenía juguetes, pero era algo que vivía. Cuando iba a jugar pa´l mangle, buscaba los nidos de las yaguazas, o los patos de mangle, como nosotros le llamábamos. Ellas tapaban los nidos con plumas, en las raíces del mangle. Nosotros veníamos y mirábamos el huevo en la luz, y si lo veíamos amarillo, eran recientes y pues lo cogíamos porque a veces tú los vez como negros y es que el huevo tiene el pichón ya adentro. Cuando lo veíamos negro, nosotros lo dejábamos. También cogía potes con tapa; iba y recogía avispas, abejas, saltamontes, grillos…  Tenía colecciones de muchos insectos, porque había un montón. ¿Qué no encontrabas aquí?  Como esto era un humedal bien grande, era como una farmacia de insectos.  Había muchos cucubanos. Diantre, eso eran wow, millones. Por las noches, todo esto era alumbrado de cucubanos. Eso era algo grande para nosotros.

Después pasó algo interesante, llegó un momento en que aquí pasaban aviones y fumigaban, supuestamente para los mosquitos. Eso era de cada rato, y tú veías como todos esos insectos se caían al piso. No solamente se morían los insectos, se morían hasta los pichones. Por donde quiera que eso pasaba, era una estela de mortandad. Y pasaban por encima de nosotros. Eso era un veneno que mataba un mosquito y, olvídate, te mataba a ti si inhalabas esa cosa mucho tiempo. Nosotros estábamos expuestos a todo eso.

“Llegó el futuro”

Aquí se empezó a expropiar a la comunidad, y esa expropiación llegó justo hasta esta casa. De aquí para allá todas las casas se fueron. Todas. Empezaron a mover la gente a los residenciales. Para mediados del 60, principios de 70, ya venía un cambio. Recuerdo que por primera vez embrearon esa calle e hicieron una cancha allá abajo. Y nosotros, ¡muchacho!, eso era, olvídate, ¿cómo te digo?, “¡llegó el futuro!”. Era algo extraordinario. Nosotros que siempre estábamos acostumbrados a estar descalzos, corríamos por esa brea caliente, y no sentíamos ni padecíamos. ¡Chacho, las botellas se te salían del medio del camino! Tu rompías las botellas con los pies descalzos.

De ahí en adelante, empezaron a tirar relleno. Venían troces con maquinaria, la gente con carretillas venían tirando relleno. Empezaron a quitar las zanjas. Metían relleno y hacían como una zanjita estrecha. Ahí le metían piedrilla, pa que no fuera babote. Tiraron caminitos de brea, hasta ciertos puntos. De aquí para allá era el puente, porque habían callejones que no se podía porque eran muy chiquitos y seguían en tablones.

Los que tenían un poquito más, compraron una casa en Las Vegas, eran casitas bajo costo. Pero los que no tenían los medios, pues, pa´l residencial aquí cerca. Cuando hicieron los residenciales, venía gente de Monte Hatillo, de la Perla, de Juana Matos… fue una mezcla de personas. A la misma vez, fue una mezcla explosiva. Si lo miramos del punto de vista de ahora fue bien contradictorio porque trajo muchos conflictos. Cada cual venía con costumbres diferentes y eso lo que creo fue un ambiente de rivalidad. Cada cual quería defender su espacio. Era un choque. Se rompió el entorno, y el núcleo familiar. Esa mezcla y ese choque de culturas, de personas diferentes, crearon un ambiente propicio para que se fueran creando montones de problemas.

“El cambio inconsciente”

Cuando tu no le das recursos a la comunidad, esto atrae una serie de problemas. Cuando el gobierno usa estos espacios para depositar basura, lacera la autoestima de la comunidad.  Vas acostumbrando a la gente a vivir de esa manera. Si el gobierno tira basura, y nosotros siempre hemos visto la basura ahí,  pues, la basura siempre va a estar ahí. Transformar la mentalidad de las personas es bien difícil, porque nadie cree.  Prometen, promenten, y promenten, y la gente ya no cree. Nosotros nos dimos de cuenta en el camino, siendo de la comunidad y viviendo esto. No podemos seguir prometiendo lo que no podemos cumplir. La mejor manera de no caer en ese juego era haciendo sin prometer. Vamos a limpiar, sin decir que vamos a limpiar.

Empezamos a limpiar la comunidad, a tener reuniones con los jóvenes de los puntos de drogas. Les dimos responsabilidades porque estos jóvenes no tenían responsabilidad. Cuando les das la responsabilidad, son parte de la comunidad y de ellos sale parte de la solución de los problemas de la comunidad. Vimos un cambio en cada uno de ellos, patrones de empoderamiento. ¿Por qué vivir peor que otro si tenemos los mismos derechos, y tenemos las mismas condiciones que cualquier otra persona? Por qué tener basura frente a nuestras casas, si la basura a quien perjudica es a nosotros. ¿Quienes son los que tienen que empezar a hacer ese cambio? Somos nosotros, porque el de afuera no lo va a hacer. El de afuera nos enseño a vivir de esa manera, está en nosotros cambiar la forma. Uno empezaba con una escoba y un recogedor, y venía el vecino y sacaba un machete. Cuando venías a ver, tenías una comunidad trabajando y poniendo la calle bonita. Fue como un efecto multiplicador. Aquí, allá, empezamos a ver esos patrones. La gente comenzó a darse de cuenta — “¡Coño que linda está esa calle!”, y lo replicaban en otras. Es lo que nosotros llamamos ese “cambio inconsciente”; que muchas personas llaman envidia, y nosotros le llamamos un cambio psicológico, social, donde yo pinto mi casa y a la semana el de afrente está pintando la de él.  De esa manera, se dio esa dinámica y logramos lo que hoy en día tú puedes ver.

Honestamente, para mi, una de las mejores cosas que nos pudo haber pasado fue que la expropiación no llegara hasta mi casa. Luego vi personas que se fueron al residencial que querían volver, pero ya no habían nada. Muchas de las personas que se habían ido empezaron a volver, y a invadir. Hoy en día, la mayoría de la comunidad, a pesar de que la gente es nueva, son descendientes de esas personas que regresaron.

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